Vida y muerte en las trincheras

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Vida y muerte en las trincheras

Resultado de imagen para las trincheras de la primera guerra mundial

LA vida en las trincheras no era nada fácil. Aunque algunos sistemas defensivos contaban con refugios bien construidos, cavados a más de dos metros de profundidad y erigidos con materiales sólidos, muchos otros se construían de forma improvisada y se sostenían con aglomerados, lo que comportaba una continua reconstrucción tras cada ataque y una mayor exposición al enemigo.

Sin embargo, el principal adversario dentro de las trincheras no era tanto el fuego enemigo como las enfermedades. Las malas condiciones de higiene y salubridad provocaron numerosos casos de disentería, tifus y cólera, por no hablar de las bajas temperaturas que se podían alcanzar en invierno, que también se llevaron por delante a muchos soldados.

Además, en caso de herida durante una batalla era muy probable que el soldado afectado acabase muriendo, puesto que la falta de antibióticos (aún no se habían inventado) convertía las infecciones en gangrenas mortales.

Soldado francés fuma su pipa dentro de una trinchera en 1914.

La vida en las trincheras era una especie de calma tensa a la espera de recibir un ataque o de llevarlo a cabo. Durante la espera se realizaban distintos tipos de acciones, la mayoría de ellas muy rutinarias, como reparar partes de la trinchera, realizar labores de vigilancia, o repasar bien los fusiles y los pertrechos de guerra.

Para la buena salud mental de las tropas, y aliviarlas de la tensión que significaba estar en la primera línea de frente, a la espera de una muy probable muerte inmediata, se intentaba que los soldados pasaran poco tiempo en las trincheras.

De este modo, un soldado inglés podía pasar unos cuatro días en la línea del frente, para luego estar doce más en la reserva, más otro período variable de días en la retaguardia.

La realidad de los soldados que morian en las trincheras

Durante el día, la vida en las trincheras era tranquila y silenciosa, pues el miedo a los francotiradores y a los observadores de la artillería (aviones de reconocimiento o globos cautivos) hacía que se tomaran muchas precauciones y se mantuviera la calma. Al caer la noche, la actividad se reanimaba, y empezaban las labores de mantenimiento de las defensas y el movimiento de tropas y de suministros.

Además, también era un buen momento para enviar patrullas de reconocimiento (para actualizar la información sobre el enemigo) o de asalto (que organizaban pequeñas escaramuzas para intentar obtener algún botín del oponente).

Los soldados que morían en la trinchera se retiraban para su posterior enterramiento, no así los que caían en la tierra de nadie entre los dos frentes, que permanecían allí, pudriéndose, durante días, aunque es cierto que en (escasas) ocasiones se estipularon treguas momentáneas para que cada contendiente pudiera recoger a sus caídos y atender a sus heridos.

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