Un poderoso imperio británico en la era victoriana

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EL PODEROSO IMPERIO BRITÁNICO

Durante los 65 años que la reina Victoria gobernó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, de 1837 a 1901 (un período’ conocido como “era victoriana”), el Imperio británico alcanzó su máximo esplendor y desarrollo.
Su política de expansión colonial logró crear el imperio más grande y extenso que jamás haya visto la historia: en Asia, por ejemplo, se completó la colonización de la India, y se incorporó también Birmania y Afganistán (este último como protectorado); en África se logró el control, entre otros países, de Egipto, Sudáfrica, Nigeria y Sudán; y en América del Norte se concedió a Canadá el estatuto de dominio (colonia autogobernada), el mismo que en Oceanía recibirán Australia, Nueva Zelanda y Melanesia.
Un gran número de todas estas posesiones acabarán formando parte de la Commonwealth (la asociación de naciones constituida por Gran Bretaña y una serie de Estados soberanos nacidos de su Imperio), que si bien no será constituida de forma oficial hasta bien entrado el siglo xx, tiene sus orígenes en este período.
Para ejercer un control efectivo sobre unos territorios tan extensos y tan alejados de la metrópoli, el Reino Unido disponía de la mejor flota naval del mundo, esencial para mantener el orden y la seguridad en las rutas comerciales, para garantizar el suministro de alimentos a todos sus súbditos, y para seguir imponiendo su autoridad militar naval al resto de países, que veían casi imposible iniciar siquiera un tímido amago de competencia. 

El desarrollo en el reinado de Victoria

Durante el reinado de Victoria, el Reino Unido adoptó el librecambismo como doctrina económica, con lo que el Estado abandonaba su política proteccionista y, por tanto, su intervención en el comercio internacional, un factor determinante que estimuló aún más las relaciones e intercambios comerciales con el resto del mundo.
El rey Eduardo VII heredó de su madre la primera potencia económica mundial, adalid de la era industrial. Pero desde finales del siglo xix, Gran Bretaña empezó a ver amenazada su supremacía por otras dos potencias emergentes, Estados Unidos, que tras el fin de la guerra de Secesión, en 1865, había iniciado un rápido proceso de reconstrucción y crecimiento; y Alemania, cuya pretensión de convertirse en la principal potencia europea provocó que iniciara la construcción de una flota capaz de competir con la británica.
El miedo a perder su hegemonía llevó a Eduardo VII a abandonar la política aislacionista respecto a Europa que había mantenido su madre, y a establecer alianzas con otras potencias europeas. Así, en abril de 1904 firmó con Francia la Entente Cordiale, una alianza a la que años más tarde, en 1907, se le sumaría Rusia, con lo que se convertiría en la Triple Entente.

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